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Los dos lados del río, por José Abercio Preciado

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El río Mira me vio nacer y en una creciente casi me hace perecer. Si suena el río, piedras trae, pero cuando el Mira canta, palma lleva. De muchacho recuerdo “achicar la canoa” (sacarle el agua) pa´navegar diez horas. Le ganábamos al sol para coger la corriente suave y, a punta de palanca, brazo y motor, llevar el fruto hasta la extractora.

En ese lado del río había prosperidad; en el nuestro, necesidad. Allá había oportunidad; aquí, precariedad. Dos realidades opuestas, separadas por la misma corriente de aguas cristalinas; un torrente que en algunas épocas del año cambiaba de color y se veía como tierra líquida, a vences, negra; otras, café. Crecía con tanta fuerza que arrastraba todo lo que encontraba a su paso, como queriendo borrar lo que había, para que todo volviera a empezar. Cada vez que esto sucedía, hablaba con mi amigo Fidencio y le decía: ¿Cómo hacemos para sembrar palma?, ¿será que eso solo lo pueden hacer los ricos? Un día quise descansar. 

José Abercio Preciado: los dos lados del ríoDespués de descargar la barca, me fui a caminar. Entré al cultivo de palma y fue como ver el paraíso. Un espacio donde la naturaleza huele a vida, los pájaros cantan, el guatín mira, la culebra cruza, los búfalos aguardan la carga y el jabalí, si te pilla desprevenido, te embiste. Todo hace parte de un mismo entorno. Y lo que más me llamó la atención era que en el piso de la plantación había cogollos de palma que empezaban a crecer. Al verlos pregunté: ¿será que yo me puedo llevar de estos para sembrar en mi casa, al otro lado del río? Y el capataz me respondió que sí, que me llevara todos los que quisiera. Lo que él no sabía era que yo quería muchos, así que, en cada viaje a la planta, empecé a llevar a mis primos para que me ayudaran a cargar cogollos. Llevábamos fruto y volvíamos cargados de palma. Empezamos a sembrar, poco a poco, llenos de ilusión. Y fuimos viendo cómo la tierra los abrazó. Fidencio siempre me acompañó. Él empezó con dos hectáreas y yo me aventuré con tres. Muchos años han pasado desde entonces, y muchas han sido las satisfacciones también. Siempre haciéndonos preguntas, siempre viendo cómo cruzar nuestros ríos de necesidad, en nuestras barcas de esperanza, unidos siempre como comunidad.

La gran empresa comenzó a apoyarnos y desde entonces nos ha comprado la cosecha. Amigos y vecinos se contagiaron del entusiasmo. Y así fue como, a este lado del río, el trabajo comenzó a dar frutos también. Empezamos a organizarnos para crecer juntos. Hoy ya son seis asociaciones que reúnen a los pequeños productores para darles formación y apoyarlos en todo lo que tiene que ver con el cultivo de la palma, la administración de recursos y las buenas prácticas para tener un negocio sostenible.

En el 2001 se creó Agromira, con 52 socios; actualmente, soy su presidente. Entre todos, sumamos 373 hectáreas de ilusión. A partir de ese momento supimos que esta tierra era bendita, porque la palma que nos regalaron creció y creció y creció… Como si las plantas quisieran alcanzar el cielo. También vivimos adversidades, por supuesto; pero cuando se está unido es más fácil levantarse. 

Somos 110 familias; es decir, 550 habitantes que viven directa e indirectamente de la palma. Aprender a cruzar el río y ver lo mejor de cada orilla nos ha fortalecido como comunidad para trabajar por lo que queremos. Gracias a la palma, hoy tenemos dos escuelas, un comedor infantil y una cancha de fútbol con alumbrado público.

El río quiso crecerse otra vez, sin saber que de este lado ya teníamos otro camino para transportar nuestro fruto: una carretera que, además de llevarnos en menos tiempo a la extractora, también nos trajo luz, alimentos, tecnología, medicinas y herramientas para hacer mejor nuestro trabajo. Por eso, siempre les digo a mis hijos y a mis nietos:

“El río tiene dos orillas. Uno decide en cuál de ellas quiere vivir: en la del conformismo y en la
que se ve pasar el río, o en la de la perseverancia, las posibilidades y el trabajo decente”. 

Y es que, para lograr lo que se quiere, se necesita constancia y curiosidad: hacerse buenas preguntas y nunca darse por vencido. Hoy, desde las dos orillas del río, la pregunta es: ¿Cómo hacer para que los jóvenes se enamoren de la palma?

 

Una versión de eBook está disponible y publicada en varios idiomas, clic aquí para leerlo.

 

Nuestros palmeros participantes

Estos son los relatos completos de los palmicultores que representaron a Colombia en el concurso internacional del CPOPC:

 

  • Estas historias fueron presentadas por Fedepalma para el concurso de historias de pequeños Palmicultores del CPOPC. 
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